Permítete fallar


No finjas. No te hace falta. Ya eres lo que necesitas ser. Cuando te empeñas en aparentar, los demás se pierden a esa persona real que hay en ti que es mucho más interesante que la máscara… ¿Por qué conformarse con una copia cuando el original es mucho más apasionante?

Ya sé que no es eso lo que ves por ahí y a un montón de personas parece que les funciona hinchar su ego. Que cada día, cuando llegas al trabajo, sientes que todos te piden que seas perfecto, que lo hagas todo más rápido, que seas más eficaz y no pares hasta ser el mejor… Pero mientras juegas a ser tipo duro, el mundo pierde a una persona sensible con capacidad de entender y empatizar… Mientras caminas a dos palmos del suelo para que nadie piense que eres fácil de pisar, se te escapan esos detalles que tal vez no suman para conseguir méritos pero que hacen sentir que llegas al fondo de las cosas y las personas y suponen tu excelencia personal…

No te hace falta ser otro, lo que eres es maravilloso y no tiene desperdicio… Pero mientras te ocultas tras ese traje de superhéroe, todos tus superpoderes de verdad, los que realmente cuentan para ti, se desvanecen, se pierden, se esfuman…

En realidad, nadie espera nada, no te preocupes… Tan sólo lo parece porque les dijiste que sí en demasiadas ocasiones cuando querías decir que no y les acostumbraste a una que vieran a alguien que en realidad no existe. Crees que te miran y te observan pero no es cierto, lo haces tú… El que espera algo de ti que no tiene sentido eres tú mismo, que no paras de presionarte y juzgarte sin sentido.

El listón que está por las nubes lo sujetas tú. La crítica más ruin es la que tú te haces… Los demás, te siguen el rollo y dan coba a tus manías, se ríen porque ven que te da miedo que se rían, te exigen porque saben que el terreno de la autoexigencia está abonado y mucho… Y como eso les va bien porque así evitan mirar en su interior un rato, porque allí también hay mucho trajín, se concentran en ti. Lo hacen porque les miras y les das permiso para meterse contigo con tu miedo a que lo hagan… Aunque ellos tienen tanto miedo como tú… 

Y mientras, sigues pidiéndote más, sin freno… Como si tu necesidad de demostrar fuera un saco sin fondo… ¿Hasta cuándo? ¿No te has fijado como otros dan menos y reciben más?

Y con esto no quiero decir que no des, hazlo, hasta dónde sientas que quieres, pero sin machacarte ni humillarte a ti mismo. Da porque gozas dando y aportando. Da porque sueñas con lo maravilloso que es lo que construyes… No esperes que lo vean porque tal vez no saben apreciar. Da porque eso te hace sentir vivo y crees que puede ayudar a otros.

Sé excelente para ti, no para los que esperan que les salves de nada ni los que buscan dejarte vacío para llenar sus bolsillos…

Ellos te piden porque no paras de dar incluso cuando no tiene sentido porque necesitas descansar… Te miran mal porque proyectan tu propia mirada sobre ti… Te ven como te ves y te valoran como te valoras tú a ti mismo… Y luego, te enfadas porque no te quieren, no te dan mérito ni te cuelgan medallas… No te dan lo que tú no crees que merezcas.

Los demás son un espejo cruel y ampliado de lo que tú ves en ti… 

No te dejan parar para tomar café porque tú no te permites parar nunca y no te dedicas tiempo. Te tratan como tú te tratas.

No busques culpables ni inventes estrategias que no sean para crecer y encontrar respuestas en ti…

Deja de ponerte metas asfixiantes, ponte objetivos que puedas amar y disfrutar, por grandes que sean, por lejos que parezcan. No importa el tamaño, importa la felicidad que te hacen sentir durante el camino… No busques sueños asequibles y grises, créalos a tu medida…

Y permítete.

Permítete de todo. Lo que te asuste, permítetelo más. Experimenta con todo y haz estallar por los aires cualquier dogma o creencia que te agobie o te amargue. Si te hace sentir encerrado, no vale la pena. Echa de tu vida lo que no te haga vivir intensamente… Encuéntralo, acéptalo y luego abre la puerta. Suelta, no te amarres a nada. No necesitas salvavidas ni barandillas, te sujetas tú mismo.

Duda, falla, fracasa, pierde. No pasa nada. No te ve nadie más que tú.

Rompe algo si hace falta. Cae si lo necesitas para ver que se puede caer y el mundo no se para…

Ya sé que pensar que no eres imprescindible asusta, pero a mí me parece maravilloso, porque eso te permite dejar de buscar una perfección insulsa y paralizante y gozar, sentir, entregarte a ser tú de verdad y amar cada instante de lo que haces y vives… Pide pista para innovar, para encontrar otras formas de ser y de hacer las cosas y darle la vuelta a todo lo que parecía intocable…

No eres imprescindible y eso te deja fluir y experimentar…

No eres imprescindible, pero eres extraordinario, fascinante, maravilloso… Eres lo que decidas porque ya no esperas respuestas de nadie, ya no te buscas en otros, ya no dependes de lo que crean que eres o puedes hacer… Ya no necesitas permiso para vacilar y equivocarte. No necesitas demostrar nada porque no eres ningún resultado sino un proceso apasionante… Todo lo bueno que puedes conseguir y encontrar en ti está por llegar…

Grita si quieres, si sientes que la garganta te quema… ¿Quién no grita alguna vez? Mientras sepas por qué y no lo hagas siempre, no escondas qué eres… No busques excusas para tus errores, los grandes los cometen, son básicos y necesarios, son la catapulta que buscas para llegar a ti… Respeta siempre, empezando por ti mismo.

Permítete llegar a tu esencia y deja tus metas sin sentido. Permítete fallar si hace falta para que te des cuenta de que no necesitas ser perfecto ni demostrar nada. 

El mejor de los planes es ser feliz.

A veces, sobran las palabras…


Si no sabes escuchar, no sabes seducir

Uno de los aspectos más relevantes para conectar con otras personas y empatizar con ellas es aprender a escuchar. Aunque parezca una contradicción, para seducir hay que ceder protagonismo. Nos acostumbran siempre a querer ser nosotros los protagonistas de todo, para pasarnos la vida demostrando cuánto valemos y lo maravillosos que somos… Eso nos hace creer que para enamorar, seducir, conectar con otros personas a nivel personal o profesional, es necesario mostrarles nuestros méritos y nuestras credenciales,  deslumbrarles, dejarles sin casi aliento mostrando todas nuestras plumas como si fuéramos un pavo real… Y nada más lejos de la realidad, para enamorar, basta con ser uno mismo y permitir que el otro se sienta cómodo con nosotros. Dejarle espacio para que sepa que nos interesa y nos importa. Dejar que se exprese y muestre también qué tiene dentro, cuáles son sus valores y su talento… Que sepa que lo que puede aportar nos interesa y no le vemos como un mero receptáculo de nuestras ansiedades, nuestras ganas de vanagloria y de que nos diga los maravillosos que somos.

Cuando nos acercamos a alguien buscando el piropo, es como si le dijéramos que no esperamos nada de él, que a nuestro lado es insignificamente… Y la forma de mostrar interés es sencilla, escuchar. Tanto si queremos usar nuestro carisma para convertirnos en el líder del equipo que dirigimos como si queremos usar nuestras dotes para la vida privada, para seducir es imprescindible escuchar. Callar y alternar tu silencio con las palabras adecuadas es un arte maravilloso. El silencio es un gran aliado de los seductores porque permite escuchar y ceder protagonismo. Para conectar con las personas tenemos que hacerlas sentir también protagonistas, que nos importan y que ellas también pueden seducirnos a nosotros. No podemos empatizar si el otro no se siente correspondido, si no nota que es tan capaz de enamorarnos como nosotros a él. Las personas necesitan saber que son especiales para nosotros… 

¿Has notado que hay personas que cuando estás hablando siempre te interrumpen? Esas personas que no te escuchan porque están ocupadas pensando qué van a decir. Siempre se hace evidente en sus caras, porque cuando no escuchamos no “ponemos la cara de escuchar” y el otro tiene claro que estamos dejándolo solo.  O esas personas que cuando les estás contando algo importante no te miran a los ojos sino a que miran el móvil o están con la mirada fija en la puerta como si quisieran marcharse…

Escucha activa

Así se llama, escucha activa y significa básicamente que debemos aprender a escuchar.   A estas alturas algo que parece tan básico y no sabemos hacerlo. Tal vez porque llevamos dentro tanto ruido interior que necesitamos soltarlo… No hablo de escuchar con los oídos, eso también, me refiero a escuchar con todo el cuerpo. Porque se escucha sobre todo con los ojos, manteniendo la mirada y estando atentos los movimientos de esa persona… Notando qué siente además de entiendo qué dice… Sintiendo cómo respira y adaptándonos a su ritmo… Me refiero a saber orientar nuestra postura hacia esa persona y asentir con la cabeza cuando habla para que sepa que estamos ahí y comprendemos, aunque no necesariamente tengamos que opinar lo mismo o estar de acuerdo… Hablo de ser capaces de interiorizar lo que dice y parafrasearle cuando termine su explicación… No se trata sólo de hacerlo sino de saber de mostrarlo. Escuchar no como algo que hacemos en un momento concreto porque nos interesa convencer, sino como la forma habitual de relacionarnos con los demás.

Escuchar es una actitud en la vida, una forma de vivir y relacionarnos con los demás… Una actitud que nos lleva a valorar a las personas y no dejar escapar oportunidades para aprender… No hay conversador pequeño porque a veces, la vida pone en boca de las personas que menos te imaginas algunas grandes verdades que te interesa escuchar. Tal vez, en ocasiones, porque cuentan su experiencia, alejada de la tuya y te aportan un testimonio valioso. Otras veces porque justo dicen lo contrario de lo que tú opinas y es algo que debe llegar a ti para que aprendas una lección… Puede que para que cambies de rumbo o para que te des cuenta de que ibas por el camino correcto, pero lo hagas con más confianza… Mostrar seguridad, serenidad y confianza en uno mismo no pasa por avasallar a los demás y no dejarles hablar… No hace falta acaparar la conversación ni tener siempre una anécdota que contar… Hay que respetar el tiempo del otro para que sepa que no sólo queremos “enamorarle” sino que esperamos que también nos “enamore”.

Los grandes líderes escuchan y aprenden de los demás. Valoran su experiencia y sus palabras. Ceden protagonismo y aplauden a otros, reconocen sus méritos… Si no paramos de hablar de nosotros, quién nos escucha desconectará porque se dará cuenta de que nunca vamos a ser capaces de ver su valor porque estamos sumergidos en nosotros mismos. No necesitamos demostrar nada, si somos nosotros mismos y permitimos que otros sean, todo fluye. Escuchar es valorar a los demás y darles confianza. Decirles que están a tu altura y que puedes aprender de ellos… Hacer que sepan que son personas valiosas…  No necesitamos deslumbrar sino alumbrar y permitir que otros también nos aporten luz para aprender… Si solo te escuchas a ti mismo, te pierdes pistas para conocer otros mundos que están ante ti y que no puedes ver. Como si fueras una estatua que a la que todo el mundo ve y admira al pasar pero nadie conoce y abraza. Si no escuchas estás solo. No hablo de esa soledad maravillosa en la que te sientes bien contigo y conectas con tu ser de verdad, hablo de la soledad del que en realidad no sabe quién es. 

No esperes siempre atraer a los demás. Deja que te seduzcan y te aporten. Suelta la necesidad de estar siempre demostrando lo que vales, porque cuando estás seguro de ti mismo, sencillamente eres tú. 

No te hace falta mostrar a los demás lo hermosas que son tus alas, sólo tienes que volar.

A veces, sobran las palabras y el silencio te permite encontrar la forma de compartir y crecer.

 

 

 

¡Quiero ser carismático!


¿Te consideras una persona carismática? ¿Eres una de esas personas que dejan huella cuando pasan por un lugar?

Cuando somos niños nos han educan para pasar desapercibidos y hacer de camaleones. Esa es la mejor forma de no parecer distintos ni irritar a nadie que no sepa encajar las diferencias. Y nos pasamos la infancia mimetizándonos con el paisaje y al llegar a adultos descubrimos que los que triunfan no son camaleones sino esas personas que han decidido ser realmente como son y mostrarse al mundo a través de su talento.

Y justo en ese momento, nos damos cuenta de que no tenemos nada especial (no es cierto, todos somos únicos)… Tanto sofocar nuestras ganas de hacer locuras han dado su fruto. Por si fuera poco, se ocuparon nuestros padres de tenernos ocupadísimos y no dejar que nos aburriéramos, que era lo que nos hacía falta para estimular nuestra creatividad y decidir inventar algo nuevo… Sabemos hacer muchas cosas pero en ninguna destacamos. Nos falta pasión porque el entusiasmo siempre llega después de saber quién eres y casi no lo sabemos porque hemos cometido pocos errores viviendo en la burbuja. Nos hemos puesto tantos filtros para gustar que ya no recordamos cómo somos en realidad o ni tan solo hemos desarrollado nuestras propias rarezas, tan necesarias para descubrir nuestro talento.

No nos conocemos y no confiamos en nuestras capacidades, porque para poder confiar tendríamos que descubrir también nuestras debilidades  y haber asumido hace tiempo el riesgo a hacer un ridículo que no es tal…

Te han dicho toda la tu vida que obedezcas y ahora resulta que debes convertirte en un líder, justo lo contrario, una persona que toma sus propias decisiones y asume riesgos. Alguien que decide a veces que lleva la contraria ¡y eso no sólo parece que le funciona, sino que además seduce a los que se encuentra por el camino!

¿Cómo son las personas que seducen a los demás?

No se trata de imponer, ni siquiera de convencer de nada. El que está seguro de lo que cree, no necesita ir por ahí evangelizando a nadie, ni dando sermones sobre nada.

Se trata de saber estar. De sentirse cómodo con  uno mismo y soltarse.

Una persona carismática es una persona que influye positivamente en otras personas, que lidera su propia vida y toma las decisiones que le llevan a dónde desea llegar, una persona que sabe qué quiere y saca enseñanza de sus fracasos…

Una persona que deja huella, pero que no va por ahí pensando en dejarla, porque sencillamente es como es.

Y no se trata sólo de serlo, se trata de mostrarlo en cada detalle, en un ejercicio de coherencia y autenticidad que sirve de ejemplo a otros, pero sin necesitar ser ejemplo de nada para nadie.

El carisma no  es chulería, ni soberbia. La persona que carismática no mira nunca por encima del hombro, al contrario, es humilde y cercana… Aunque seamos sinceros, tiene algo que hace que a pesar de ser como nosotros, nos hace sentir que va por delante. Sin embargo, eso no nos intimida (no debería) sino que nos estimula y motiva. Ves a esa persona por encima de ti, pero porque sea mejor que tú, sino porque notas que ha trabajado más para ello, porque se conoce más y ha tomado decisiones que le han llevado a donde está. Una persona carismática es alguien como tú que ha llegado a donde sueña y eso hace que tú también te sientas capaz.

Las personas carismáticas hacen que sepas que tus sueños son alcanzables si les pones ganas y actitud.  

Tienen esa mirada de calma, de no perder su saber estar (a veces, seguramente, también se enfadan, sólo faltaría porque son humanos). Te das cuenta de que miman los detalles y tienen en cuenta lo pequeño, porque también es importante…

Se rodean de personas inteligentes y preparadas.

Saben moverse y gestionar su lenguaje corporal. Usan gestos cercanos y abiertos, muestran seguridad y confianza sin parecer altaneros ni agresivos. Se comunican de forma efectiva y saben usar las palabras adecuadas. No se defienden, ni usan la fuerza, no necesitan demostrar ni aparentar porque ya son lo que son.

Saben callar, porque saben que el silencio a veces es la clave del efecto en una comunicación. Porque está lleno de significado, lleva mil mensajes y ayuda a respirar y sentir lo que estamos diciendo, permite calibrar el estado de ánimo del otro y conectar. Se trata de personas empáticas que saben escuchar y ponerse en piel ajena.

Notas cómo te escuchan y valoran. Ves cómo te miran a los ojos de forma firme y asumen responsabilidades. Sabes que dan la cara y asumen los riesgos necesarios para conseguir lo que quieren.

Fluyen… Esto de fluir es difícil de explicar y definir. Es una mezcla entre estar preparado y a la vez dejarse llevar. Preparar a conciencia el discurso y tenerlo claro, pero luego no leerlo porque sabes quién eres y qué deseas comunicar.

Estar atento y vivir el momento, pero tener un as en la manga por si sopla un viento muy fuerte y se lleva el decorado.

A los carismáticos les pillan siempre con los deberes hechos, pero sin ostentar por ello, no les hace falta porque queda claro que ocupan su lugar.

Son ese tipo de personas que lo hacen todo fácil.

No venden humo, ni siquiera venden… Son, transmiten, están donde deben estar y dónde hacen falta. Son coherencia pura, dignidad pura, calma pura.

Transmiten una complicada y maravillosa mezcla de tranquilidad y energía, al mismo, tiempo…

Lo que más entusiasma de una persona carismática no es sólo lo que es,  sino lo que contagia… Al tenerla cerca te dan ganas de ser tú mismo… No para copiarla sino para descubrirte, para encontrarte, para vivir esa vida que te das cuenta de que mereces y has ido postergando sin sentido por no dar el salto y confiar. Para encontrar en ti esa persona que también seduce y es auténtica… Sin duda, el gran logro de una persona carismática es hacerte sentir  que tú también lo puedes conseguir…

Los 7 segundos que marcan la diferencia


7 segundos… Ese el tiempo del que disponemos para impactar en los demás la primera vez que nos ven… ¿Poco tiempo? cierto, por ello vale la pena aprovecharlo y atinar… Conocernos lo suficiente como para saber qué mensaje estamos dando a los demás sobre actitud, aptitud y valores. Descubrir si la imagen que damos es la que realmente nos define o si por el contrario estamos proyectando ante los demás un sucedáneo de nosotros…

A veces, los nervios por estar inseguros se confunden con falta de sinceridad y la coraza que nos ponemos por temor a no dar la talla parece arrogancia. Cada uno de nuestros gestos tiene varias lecturas y posibilidades que en ese corto lapso de tiempo pueden ser malinterpretadas…

Cuando nos encontramos con alguien,  tenemos sólo esos 7 segundos para mostrar nuestra mejor cara y conseguir una buena impresión. 7 segundos para mostrar con nuestra postura corporal, nuestra mirada, nuestros gestos y el tono de nuestra voz que merecemos ser escuchados… En ese tiempo tan corto, los demás se hacen una idea de si somos interesantes, si parecemos inteligentes, educados, aseados, si somos de fiar… Si compartimos con ellos gustos, aficiones y clase social… Todo tiene un sentido, hace millones de años, en esos 7 segundos debíamos decidir si el ser que había ante nosotros era un peligro o un posible aliado. El tiempo justo para evaluar la situación y salir corriendo o atacar ¿Injusto? Puede, porque ya no somos cavernícolas y podemos permitirnos ser un poco más sofisticados, pero las primeras impresiones son difíciles de borrar y vale la pena invertir en ellas. Luego, tu trabajo diario y tu talento ya hablarán por ti… Aunque mientras, está bien prepararte para esos 7 segundos… Levantar la cabeza, mirar a los ojos, dar un buen apretón de manos, andar seguro, sentarse con la sonrisa puesta y una posición corporal que transmita que eres honesto, seguro, digno de confianza y que tienes muchas ganas de empezar a trabajar. No se trata de fingir, se trata de conocer y poder decidir qué juega a nuestro favor y qué no.

No te preocupes, no es un sprint, es una carrera de fondo, en realidad, que se acaba trasladando a tu forma de ser y estar en todo lo que haces.

No se trata de preparase para el examen y luego pasar de todo, se trata de encontrar la coherencia, de trabajar en ti y ser tú mismo.

No es tampoco cuestión de agobiarse, se trata de conocerse y escoger, tomar decisiones y tal vez, al final, seguir haciéndolo de la misma forma si consideras que es adecuada, te define o es tan tuya que al final compensa.

Siempre estamos comunicando. Cuando entramos en el despacho en el que nos van a hacer una entrevista de trabajo (esa entrevista que estamos peleando por conseguir desde hace siglos), cuando exponemos nuestro proyecto en público, cuando caminamos por el pasillo a buscar un café a la máquina en un descanso… Comunicamos incluso cuando no queremos comunicar nada. No somos conscientes del impacto que tienen en nuestra vida tanto personal como laboral cada uno de nuestros gestos y palabras. Cada día, al levantarnos, con cada elección estamos construyendo nuestra marca, nuestra estrategia, nuestro presente, nuestro futuro.

A veces, somos el único que no se entera de una promoción en el trabajo. El que se queda a las puertas de su sueño, en que siempre se acerca a la meta y nunca llega. Tenemos talento, experiencia, ganas de aprender y conocer, ganas de trabajar… ¿Por qué no lo ve nadie? ¿somos invisibles? ¿por qué nadie se da cuenta de que somos ideales para el puesto si cumplimos todos los requisitos?

La respuesta está en nosotros mismos. Sabemos que merecemos lo mejor pero  hasta el momento hemos sido incapaces de mostrarlo. Nuestra forma de comunicarnos y la imagen que damos nos etiqueta, nos condiciona, nos limita. Hasta que no seamos capaces de dar a conocer nuestro talento y mostrar esa persona que llevamos dentro, no conocerán nuestro potencial.

Si andamos por ahí con la cabeza baja, nos cruzamos de brazos y miramos al suelo no estamos dando la imagen de una persona abierta y dispuesta a aprender, a colaborar, a trabajar. No damos la imagen de una persona segura y fiable que no tiene nada que esconder.

Si estás acostumbrado a fruncir el ceño, tal vez lo haces muchas más veces de las que imaginas y eso da una imagen de persona siempre enfadada con la que no es agradable compartir momentos…

Si estás incómodo, quizás tu cuerpo muestra siempre que está esperando para irse o salir de la sala, en sentido contrario a quién te está hablando, y eso hace que esa persona crea que no te interesa lo que dice…

¿Qué comunicas con tu cuerpo?

Si no comunicamos con nuestra presencia que somos hábiles y eficaces,  y brillemos como merecemos no conseguiremos que nos visualicen de esa forma.

Si queremos llegar a la meta debemos ser como las personas que llegan a la meta. Convertirnos en nuestra mejor versión y comunicarla.

Siempre estamos comunicando. A veces, a nuestro favor y otras en contra. Si no comunicas lo bueno que eres, estás comunicando que no eres bueno, que eres mediocre, que te faltan ganas…

Por ello, es útil descubrir qué dicen nuestros gestos y aprender a descifrar los gestos de los demás. Darnos cuenta de qué lenguaje corporal usamos, qué dicen nuestros ojos, nuestras muecas y qué estamos diciendo de nosotros mismos cada instante. Vale la pena hacer el ejercicio ante el espejo y entender qué mensaje estamos dando…

A veces, tenemos un poderoso enemigo dentro de nosotros que nos pone la zancadilla y nos hace mostrar una cara que nos es la nuestra porque somos incapaces de vencer miedos y gestionar emociones. Nos construimos muros alrededor y nos ponemos una máscara que nada tiene que ver con nosotros. Merece la pena aprender a comunicar. Aprender a vender nuestro talento, ponernos en valor.

Y conseguir que esos 7 segundos digan que somos auténticos. Que somos lo que realmente somos y no una versión arisca y asustada de nosotros.

Vivir sin excusas


Esto no va de fórmulas mágicas. Las he leído todas y sin poner el alma, no sirven de nada… Ha llegado un momento de despertar. Y no es porque no funcionen, porque lo que nos dicen muchos expertos es totalmente cierto. Lo que ocurre es que buscamos siempre el camino fácil, el atajo,  buscamos el éxito a domicilio como si fuera una pizza, esperamos triunfar mientras el trabajo nos viene hecho… Nos decidimos a aplicar la fórmula que los que saben nos comparten sin haber puesto los cimientos de nuestra vida y lo que construimos cae como un castillo de arena… Y desistimos, porque no somos sólidos, no tanto como creemos… La solidez es el resultado de nuestro trabajo no de un golpe de suerte.

Y en realidad, todo es muy simple. La fórmula es sencilla… Conócete, confía y avanza hacia lo que quieres. 

Lo que pasa es que nos saltamos los dos primeros pasos, porque esos son los que cuestan ¿verdad? Y eso hace que sea muy complicado, porque nos pasamos la vida huyendo de nosotros mismos.

De hecho, seamos sinceros, deseamos triunfar para dejar de ser nosotros y ser otros. Una versión que no nos avergüence y sea aceptada por todos… Esperamos que el éxito nos traiga esa autoestima que nos falta. Tenemos la esperanza que cuando otros nos miren con admiración, esa emoción se nos pegue y nos sintamos alguien que importa…

No va así. En realidad, el circuito va al revés. Tenemos que ser admirables antes de llegar a la meta… Y no esperar ovaciones ni vítores, sino ser grandes personas. No se trata de hacer para ser, sino de ser primero y hacer lo que esa persona puede aportar al mundo. Primero das y luego recibes… Y cuando das porque te llena por dentro dar, no necesitas recibir aunque te das cuenta de que ya tienes mucho.

Como siempre, en el fondo, esperamos que sean otros los que nos traigan esa madurez que nos falta, la aceptación de lo que ya somos.

Queremos tener éxito para llenar un vacío que en realidad es la consecuencia de no haberlo llenado antes con nosotros mismos… Con amor, comprensión y confianza…

Queremos que se nos distinga pero nos aterra ser distintos.

Queremos la medalla antes de ganar la carrera porque pensamos que eso nos dará fuerzas para afrontarla… Y es un espejismo. 

Porque en realidad, tener un plan es básico, pero esto no va sólo de estrategia. Va de esencia, de actitud, de decirte la verdad a la cara y saber quién eres.

Esto va de ganas, de agallas, de quitarse la pereza de encima y, sobre todo, de sacar al sol todo lo que llevas dentro y estás reservando para ese día que nunca llega.

Va de ser tú y tomar las riendas de tu vida. La idea es que de aquí a unos años no te arrepientas de haberte quedado corto o no haber sabido levantarte del sofá de la vida…

No sé si te has dado cuenta de que todo está cambiando. Íbamos en el furgón de cola de un tren roñoso y nos pisábamos unos a otros para llegar al primer vagón. Hacíamos méritos ante un conductor mediocre, jugando a ser aún más mediocres que él para no asustarle y que no pensara que nos íbamos a comer su pedazo de tarta. Era un juego de vanidades que dejaba a la mitad de nosotros fuera, aquellos que tenían sueños e ilusiones y querían cambiar el mundo casi no llegaban y si querían algo, debían saltar del tren, en marcha, sin rodilleras, sin casco, sólo con sus ganas y su talento…Los que no estaban dispuestos a fingir que eran dóciles siempre perdían algo por el camino… Los que no bajaban la cabeza siempre estaban hacinados con las mercancías…

La gran noticia, aunque da un miedo atroz, es que el tren ha descarrilado. El suelo se abre y todos caen a un abismo. Se aferran a una seguridad que era ficticia. Era un dibujo de una realidad creada para vivir a medias y conformarse con pasar los días. Estaba atada a una producción sin alma, una sumisión que nos dejaba muertos por dentro… Esa no es tu vida, es un sucedáneo, un placebo con el que te engañas pensando que vas a alcanzar tu sueño. Y lo vas dejando pasar porque te gusta soñar que lo harás, pero no mueves un dedo por conseguirlo.

Esto ahora va de mostrar quién eres y qué puedes ofrecer.

Entramos en un nuevo paradigma donde las vidas programadas para no sentir y no pensar no tienen cabida. El mundo tal como lo conocíamos deja de existir. No hay más seguros que tu talento, tu trabajo y tu capacidad para imaginar otras realidades que no son esta. No hay sillas donde sentarse para siempre ni tareas que ocupen toda tu vida… No habrá despachos con puertas blindadas, ni jefes con dedos acusadores (los hay, cierto, pero creo que los días de reinado se les acaban). Hay proyectos, ilusiones, personas… Hay servicios que ofrecer, necesidades por cubrir y personas dispuestas a hacerlo cada día mejor… ¿Formas parte de ese grupo de personas? ¿Has despertado?

Se acabó el ir de un lado a otro de una oficina gris fingiendo con papeles en la mano, se acabó en reírle al jefe una gracia sin gracia un lunes que suplicas que sea viernes… Se acabó el vivir solamente el fin de semana y pasar el resto de tus días con el cuerpo encogido porque desearías ocupar otra vida. Ya no toca dejar las cosas a medias, posponerlas para mañana y fingir que algún día serás quién deseas ser. Porque sabes que nunca llegará si no empiezas hoy.

Se acabaron las conversaciones vacías y  fingidas ante la máquina del café, los informes largos que no dicen nada pero que nos llenan la vida para que no nos demos cuenta de que no tenemos vida. Se acaba la era de las horas perdidas esperando que el reloj dé la hora de largarse a casa y salir corriendo a buscar una libertad que ya no sabe a nada porque para conseguirla has penado horas en una vida gris y te has vaciado por dentro.

Esto va de moverse. Es un zarandeo. Un golpe seco para apostar por ti y creer en tus posibilidades. Va de no esperar más y crear el camino, sin esperar a mirar al horizonte y ver el que otros han trazado. Va de ensuciarse y despeinarse.

Va de rarezas. De ser distinto y dar las gracias por serlo. De dejar de esconderse. De pasar de ser el camaleón al pavo real, pero sin hincharse demasiado…Va de ideas que encuentran otras ideas, de personas que colaboran y comparten proyectos… Va de saltar del tren y pilotar tu mismo un avión.

No va de jefes, va de personas que comparten retos.

No va de repetir en las redes frases ñoñas ni eslóganes gastados, va de originalidad, de excelencia, de arriesgarse a ser uno mismo.

Va de talento. De pasión. De acabar el día emocionado soñando con poder continuar y llegar a casa con esa sensación de estar en el camino… Aunque sea complicado, aunque a veces se disipe, aunque asuste un poco…

La era de los mediocres ha terminado… Ahora  estamos en la era del talento.

Aunque es imprescindible que vaya acompañado de trabajo y de actitud porque si no, se escapa, se desvanece, se convierte de frustración y desgana. El talento es la cruz de una moneda que necesariamente tiene la humildad en la cara porque si no se convierte en un repelente para los buenos compañeros de viaje. Hay mucho talento enterrado entre soberbia, altivez, ganas de aparentar, ganas de figurar, miedo concentrado a no llegar, a fracasar… ¿Quién  no lo ha sentido?

Esto va de humildad, sobre todo.

Va de decir basta y liderar tu vida. De salir del molde y descubrir cuál es tu valor…

Esto va de ti, si estás dispuesto a vivir sin excusas.

Si tus ganas son más grandes que tus miedos… Si estás dispuesto a mostrar lo que te diferencia y romper moldes, a romper normas, normas mentales, normas que llevas escritas en ti desde hace tiempo que te impulsan a creer que no puedes, que no sabes, que no sirves… Esto va de que te cuestiones si eres la persona que realmente sueñas ser y hagas lo necesario para convertirte en ella.

 

 

Por fin ya es lunes…


Hay un ritual que se repite semana a semana. Sucede en el mundo real y en el virtual. Todos hemos caído en él y tiene mucho de simpático y agradable… Es casi catártico… Consiste en pasarse la semana esperando a que sea viernes e ir recordándolo sin tregua. Maldecir los lunes con todo tipo de mensajes desesperados y cargados de humor más o menos ácido. Y tiene gracia, la verdad, porque a muchos les ayuda a llevar con filosofía lo que queda de semana… Sin embargo, siempre  que lo leo (y es muy a menudo) no puedo evitar pensar en todo lo que subyace en ello y me planteo algo… ¿Y si morimos en lunes? ¿Qué pasa con ese esperar angustiado al fin de semana para ser felices? ¿Y si no llegamos?

Lo digo porque hace justo unos días escuchaba una antigua charla de Deepak Chopra en que contaba que en el mundo occidental hay un elevado número de personas (por encima de otras opciones) que muere los lunes a las 9 de la mañana. La inmensa mayoría de problemas cardiovasculares.  Tal vez es porque después del fin de semana de relax vuelven a la rutina y tienen que hacer el esfuerzo de ponerse las pilas… Tal vez, porque no soportan un día más en la oficina.

No sé si la crisis ha cambiado eso y ahora hay personas que los lunes se mueren por ir a trabajar y no lo consiguen, el caso es que me parece digna de reflexión esta necesidad compulsiva de que sea viernes. Más allá de la bromas fáciles, creo que el hecho de repetirlo cada semana de forma insaciable, genera una conciencia colectiva de necesidad y agobio. Como si tuviéramos que engullir la semana y contener la respiración para poder llegar al viernes y vivir de verdad.

Lo digo sin ánimo de crítica,  porque me he sumado a esta rutina en algunas ocasiones y evidentemente todos nos merecemos descansar. La vida es silencio y ruido, calma y movimiento, trabajo y ocio… Es más, abogo por encontrar más momentos durante la semana para relajarse. Aunque estoy segura de que muchas personas se apuntan a ello por decir algo divertido en la redes sociales, es cierto que muchas de ellas viven de lunes a viernes como autómatas. A mí me ha pasado, es una necesidad de consumir tiempo sin vivirlo esperando una época mejor.

Las personas se merecen ser felices cada día, sea lunes o jueves. No podemos ir por la vida saltándonos cinco días de la semana, viviéndolos en piloto automático como si no existieran y concentrarnos en los otros dos días. No podemos porque esos dos días explotamos por tensión acumulada. Nos duele la cabeza de tanto apretar los dientes para poder seguir en una rutina que nos asquea, nos duele la espalda de estar en tensión sin tregua haciendo algo que no nos llena… Nos estalla el corazón por estar en una vida que no nos aporta nada.

Ya lo sé. Con los problemas que hay, no vamos a dejar un trabajo que no nos gusta y quedarnos sin nada… Aunque en realidad es como siempre un tema de actitud, de la forma en que vivimos lo que va sucediendo cada día en nuestra vida.

Y no hablo de poner buena cara cuando alguien te insulta (no estaría mal decirle que no lo haga, a veces, nos llevamos sorpresas en cuanto a las reacciones de las personas cuando hacemos cosas que no se esperan). Hablo de mirar la vida con otros ojos mientras si nos apetece empezar a construir una alternativa que nos haga levantarnos los lunes pensando que tenemos muchas cosas maravillosas por hacer pero sin agobiarnos.

Seguro que a muchos les parece imposible esa afirmación pero hay personas que lo consiguen. Lo importante es tener metas claras y empezar a plantearse cómo conseguirlas y, lo más importante, confiar en uno mismo. Conocer qué podemos ofrecer y tener claro que ahora misma hay alguna manera de conseguir una vida distinta que nos llene de felicidad los siete días de la semana.

Es duro, sí, pero la alternativa ya la conocemos. Es más asco, más agotamiento, más dolor de cabeza y menos energía para un fin de semana que se queda tan corto que incluso duele…

Dice David R. Hawkins  que los factores externos son sólo la gota que colma el vaso, que el estrés es algo que llevamos dentro y que tiene que ver con nuestra forma de encarar las situaciones  y nuestra preparación para gestionar emociones.

Y sin embargo, nos pasamos la vida excusándonos en lo que nos pasa (a veces es muy duro, lo sé) para explicar cómo nos sentimos. Cuando en realidad, lo que nos sucede en el día a día es sólo la forma en que la vida nos recuerda todo el trabajo pendiente que tenemos que hacer con nosotros mismos… Cuando no hacemos caso a las punzadas en el pecho que nos recuerdan que no estamos siendo coherentes con lo que sentimos o posponemos nuestras ilusiones eternamente, el cuerpo nos recuerda que no estamos actuando a conciencia.

No podemos pasar cinco días dormidos, muertos, sin vivir ni habitar nuestras emociones para no darnos cuenta de que estamos ahí, en una vida que no nos hace sentir vivos…

¿Y si morimos el lunes? Aún más irónico, ¿Y si morimos el jueves por la tarde o no vemos salir el sol el esperado viernes que tanto nos libera de presión?

No podemos sacrificarnos y sufrir esperando algo mejor porque cuando llega estamos tan destrozados por dentro que ni lo notamos… Cuántas personas en vacaciones se pasan una semana enfermos, liberando estrés y pierden esos días de estar felices y relajados… No podemos resignarnos a vivir solo las vacaciones y los fines de semana… Y volver de ellas para contar los días que faltan hasta el primer puente o la Navidad…

Sergio Fernández dice en su libro “Vivir con abundancia” que nada nos haga infelices ahora nos puede hacer felices en el futuro. Sin embargo, insistimos en sacrificarnos el  99 por ciento del tiempo para ser felices el 1 por ciento. Y luego, estamos tan desgastados y agotados que sólo con que ese día llueva o algo salga como no queremos nos sentimos muy desgraciados…

Y todo porque no confiamos lo suficiente en nosotros como para creer que seremos capaces de construir una vida que nos haga sentir útiles y nos permita poner nuestro talento a trabajar. Todo porque no nos atrevemos a imaginar que es posible salir adelante con nuestras ganas y nuestras ideas.

Porque no nos conocemos y sabemos lo mucho que podemos aportar al mundo. Y cómo convertir eso en un negocio rentable que nos haga sentir satisfechos.

A veces, es tan complicado y tan fácil como trazar un plan de acción y empezar a trabajar mentalmente para convertirnos en la persona que soñamos. Y serlo desde ahora mismo, en nuestro trabajo actual, sin esperar a un mañana que no llega. Ser excelente en los detalles, dignos de la personas que realmente somos…  Darle la vuelta y pensar cómo cada cosa que hacemos nos puede ayudar a crecer y aprender para propiciar el cambio que queremos en nuestra vida… Pensar cómo cambiar pequeñas cosas para aportar más o romper rutinas…

Ya lo sé, la frase “la actitud lo cambia todo” está muy usada, pero sigue siendo cierta… El caso es que la otra opción, la de esperar a un viernes que parece que no llega, para pasar el fin de semana angustiado pensando lo corto que es tampoco nos lleva a nada nuevo ni extraordinario…

No podemos pasarnos la vida culpando al jefe (que tal vez no sea el mejor jefe del mundo), a la circunstancias y delegar la responsabilidad que tenemos en nuestras vidas… No podemos quejarnos eternamente de que nuestra existencia nos es cómo soñamos o que no se nos dan las oportunidades que necesitamos y no se nos reconocen méritos. Las quejas sólo nos sirven para ahondar en la sensación de impotencia y rabia y no gestionar esas emociones y superarlas. Quejándonos sólo hacemos que regodearnos en el lodo y asumir un papel secundario en nuestra vida esperando que algo o alguien le de un vuelco… Y es verdad, a veces pasa, pero nos tiene que encontrar con las ganas puestas. Y por si no pasa, tenemos que ponernos manos a la obra y sustituir la lista de lamentos por la lista de objetivos. El calendario de fiestas laborales por el calendario de pequeños logros en nuestro plan… Las ganas de que sea viernes por las ganas de vivir cada momento sea como sea y exprimirle lo bueno.

Porque de todo el plan que traces para cambiar tu vida, lo más importante es la actitud. Esa será la herramienta imprescindible para seguir adelante cuando no todo sea como tienes previsto y cometas los errores necesarios para crecer… Las ganas serán las que te permitan dar siempre un paso más… Lo que te permitirá aspirar a lo máximo y al mismo tiempo valorar lo que tienes y agradecer cada día lo que te rodea.

Eso es la motivación de verdad, confiar en ti y saber qué clase de vida quieres y qué deseas dejar atrás. Aunque para eso, hay que conectarse a uno mismo y escuchar lo que te dice el cuerpo y lo que sientes… Y la verdad es que nos pasamos mucha vida desconectados para soportar seguir en una piel que no nos hace felices…

¿Sabes una cosa? a veces, el solo hecho de trazar tu plan ya te libera de angustia y de esa sensación de no estar haciendo nada para cambiar… Ya te permite notar que llevas las riendas de tu vida y empezar a vivir en un mundo de posibilidades que dependen de ti porque las estás construyendo tú.

A veces, el éxito es sencillamente no quedarse quieto y asumir el riesgo que salir de ti mismo, aunque sea un poco.

A veces, por no hacer, ni siquiera aceptamos la situación ni nos damos cuenta de qué implica. Nos limitamos  llevarla sin querer sentirla ni analizarla… Lo vamos dejando y un día la rutina contra la que no hacemos nada, está tan enorme y cargada de frustración y angustia que nos agarra por el cuello y nos deja sin aire…

Tal vez eso pase un lunes o un martes. Tal vez un sábado por la mañana soleado y maravilloso, antes del café con tostadas, mientras piensas que serías muy feliz si no estuvieras tan agotado y sientes un run run en la cabeza que te dice que algo no va bien…

Los lunes también pueden ser maravillosos… ¿Imaginas una vida en la que sientes algo como “por fin ya es lunes” porque tienes cosas geniales que hacer y has vivido un fin de semana fantástico y feliz sin preocuparte porque el lunes vuelves a una rutina que te va matando?

 

 

¿Qué dicen tus ojos?


¿Te conoces? ¿Te aguantas la mirada? ¿Huyes de otros ojos o eres capaz de clavarte en ellos y hablar sin decir palabra?

Comunicamos con nuestros ojos… No hay nada que nos pase que no se refleje en nuestra forma de mirar…

Sólo con una mirada transmitimos miedo, asco, amor, cansancio, angustia, sorpresa, felicidad… Cuando nos enamoramos los ojos nos brillan y las pupilas se dilatan al estar cerca de la persona a la que amamos…

La sonrisa no se considera sonrisa si no se refleja en los ojos, porque altera la musculatura que los rodea, porque no sonreímos con la boca sino con el alma y no hay mejor testimonio de lo que se nos remueve dentro que nuestra mirada.

Nuestros ojos sellan pactos silenciosos.

Suben los peldaños que nos separan de nuestros sueños antes incluso de que seamos conscientes de ellos.

Asienten  cuando buscamos acuerdo… Cuando esperamos se pierden en los pequeños detalles buscando respuestas. Transmiten ansiedad y desesperanza cuando quienes nos sentimos perdidos somos nosotros.

Dicen “tengo miedo, estoy harto, miento, no sé si sirvo para algo, no confío en mí, no soy nada”.

Los niños cuando inventan historias miran al cielo, como si buscaran inspiración para continuar con su relato falso y fantástico. Los mayores cuando mienten esquivan la mirada porque no soportan el escrutinio de otros ojos posados en los suyos…

No hay verdad que escape a nuestros ojos.

Si dejamos caer la mirada, nos insinuamos. Si pasamos las pupilas haciendo un barrido sobre otra persona, le estamos diciendo “me gustas”.

Si miramos sin miedo y de frente, transmitimos seguridad, sinceridad, honestidad… Una mirada limpia es la mejor de las tarjetas de presentación para que los demás sepan qué aportamos al mundo y la actitud que tenemos en la vida.

Si bajamos la vista, perdemos nuestro poder. Si la levantamos por encima del hombro, nos imponemos por la fuerza. Y aunque parezca distinto, ambas formas significan vulnerabilidad, miedo, baja autoestima…

Si miramos fijamente intimidamos… Si cerramos levemente  los ojos lanzamos una mirada intensa que transmite fuerza, poder, belleza.

Nuestros ojos bailan, juegan, caminan por la espalda de otros y se posan en la nuca… Susurran medias verdades, se acurrucan en el cuello y siguen la danza de las manos para saber qué nos cuentan. Se posan en los labios que desean, serpentean por las cabezas ajenas y se cierran para no ver lo que no les gusta… Lloran de alegría y de pena… Se abren hasta casi estallar para poder comprender… Se inclinan para sugerir, se inundan de luz al soñar, al imaginar, al amar… Dan vueltas cuando fantasean y se inundan de un velo gris cuando perdemos la esperanza…

Nuestros ojos no sólo sonríen, también escuchan, discriminan, humillan, desprecian y torturan… A veces, miramos sin mirar y fijamos las pupilas hacia un punto cuando otros nos hablan para que otros sepan que no nos interesan… Otras veces, perdemos la mirada en el suelo y la vamos salpicando en todo lo que encontramos porque nos sentimos tristes, pequeños, cansados, vendidos…

Las miradas matan y dan la vida…

Dicen todo lo que nos esforzamos por callar y tragar…

Dicen quiénes somos y qué buscamos, qué sentimos, qué soñamos…  Hablan de cómo vivimos y qué nos mueve cada día.

Nuestros ojos dicen cuántos años tenemos, diga lo que diga nuestra piel…

Nuestros ojos dicen lo que amamos, diga lo que diga nuestra boca… Dicen lo que detestamos y lo que nos asusta.

Nuestros ojos dicen si mentimos, si desertamos, si estamos vencidos o preparados…

Nuestros ojos hablan de la vida que queremos y de la vida que llevamos. Explican si somos amigos y cómplices o si apuñalamos por la espalda…

Nuestros ojos dicen qué nos conmueve, qué nos preocupa, qué nos calma, qué nos apasiona.

Dicen si estás ahí de verdad o si finges, si eres de ley o de pacotilla… Si vendes humo o si pones el alma en lo que haces.

Por eso es importante conocer qué dicen nuestros ojos y saber con qué gestos los acompañamos. Saber qué comunicamos al movernos y qué cuenta de nosotros nuestro cuerpo cuando hablamos…

Nos conocemos tan poco en este sentido, porque huimos de los espejos y nos creemos que basta con cuatro palabras que suenan bien aunque no les demos contenido para seducir… Sin embargo, cuando nos encontramos con los demás, nuestros ojos no se detienen un momento, descifrando cada gesto, cada mueca, cada movimiento… Reclamamos a veces en otros una sinceridad que nosotros no somos capaces de dar ni afrontar.

Juzgamos por una mirada, por un gesto perdido, por un paso en falso. Tenemos un gran instrumento de poder para comunicar y dejamos que seas el azar y la ignorancia quienes puedan usarlo…

No subestimes el poder de tu mirada y aprende a darle todo el sentido y conocer qué dice de ti… Tus ojos hablan. 

¿Qué dicen los tuyos?