Por fin ya es lunes…


Hay un ritual que se repite semana a semana. Sucede en el mundo real y en el virtual. Todos hemos caído en él y tiene mucho de simpático y agradable… Es casi catártico… Consiste en pasarse la semana esperando a que sea viernes e ir recordándolo sin tregua. Maldecir los lunes con todo tipo de mensajes desesperados y cargados de humor más o menos ácido. Y tiene gracia, la verdad, porque a muchos les ayuda a llevar con filosofía lo que queda de semana… Sin embargo, siempre  que lo leo (y es muy a menudo) no puedo evitar pensar en todo lo que subyace en ello y me planteo algo… ¿Y si morimos en lunes? ¿Qué pasa con ese esperar angustiado al fin de semana para ser felices? ¿Y si no llegamos?

Lo digo porque hace justo unos días escuchaba una antigua charla de Deepak Chopra en que contaba que en el mundo occidental hay un elevado número de personas (por encima de otras opciones) que muere los lunes a las 9 de la mañana. La inmensa mayoría de problemas cardiovasculares.  Tal vez es porque después del fin de semana de relax vuelven a la rutina y tienen que hacer el esfuerzo de ponerse las pilas… Tal vez, porque no soportan un día más en la oficina.

No sé si la crisis ha cambiado eso y ahora hay personas que los lunes se mueren por ir a trabajar y no lo consiguen, el caso es que me parece digna de reflexión esta necesidad compulsiva de que sea viernes. Más allá de la bromas fáciles, creo que el hecho de repetirlo cada semana de forma insaciable, genera una conciencia colectiva de necesidad y agobio. Como si tuviéramos que engullir la semana y contener la respiración para poder llegar al viernes y vivir de verdad.

Lo digo sin ánimo de crítica,  porque me he sumado a esta rutina en algunas ocasiones y evidentemente todos nos merecemos descansar. La vida es silencio y ruido, calma y movimiento, trabajo y ocio… Es más, abogo por encontrar más momentos durante la semana para relajarse. Aunque estoy segura de que muchas personas se apuntan a ello por decir algo divertido en la redes sociales, es cierto que muchas de ellas viven de lunes a viernes como autómatas. A mí me ha pasado, es una necesidad de consumir tiempo sin vivirlo esperando una época mejor.

Las personas se merecen ser felices cada día, sea lunes o jueves. No podemos ir por la vida saltándonos cinco días de la semana, viviéndolos en piloto automático como si no existieran y concentrarnos en los otros dos días. No podemos porque esos dos días explotamos por tensión acumulada. Nos duele la cabeza de tanto apretar los dientes para poder seguir en una rutina que nos asquea, nos duele la espalda de estar en tensión sin tregua haciendo algo que no nos llena… Nos estalla el corazón por estar en una vida que no nos aporta nada.

Ya lo sé. Con los problemas que hay, no vamos a dejar un trabajo que no nos gusta y quedarnos sin nada… Aunque en realidad es como siempre un tema de actitud, de la forma en que vivimos lo que va sucediendo cada día en nuestra vida.

Y no hablo de poner buena cara cuando alguien te insulta (no estaría mal decirle que no lo haga, a veces, nos llevamos sorpresas en cuanto a las reacciones de las personas cuando hacemos cosas que no se esperan). Hablo de mirar la vida con otros ojos mientras si nos apetece empezar a construir una alternativa que nos haga levantarnos los lunes pensando que tenemos muchas cosas maravillosas por hacer pero sin agobiarnos.

Seguro que a muchos les parece imposible esa afirmación pero hay personas que lo consiguen. Lo importante es tener metas claras y empezar a plantearse cómo conseguirlas y, lo más importante, confiar en uno mismo. Conocer qué podemos ofrecer y tener claro que ahora misma hay alguna manera de conseguir una vida distinta que nos llene de felicidad los siete días de la semana.

Es duro, sí, pero la alternativa ya la conocemos. Es más asco, más agotamiento, más dolor de cabeza y menos energía para un fin de semana que se queda tan corto que incluso duele…

Dice David R. Hawkins  que los factores externos son sólo la gota que colma el vaso, que el estrés es algo que llevamos dentro y que tiene que ver con nuestra forma de encarar las situaciones  y nuestra preparación para gestionar emociones.

Y sin embargo, nos pasamos la vida excusándonos en lo que nos pasa (a veces es muy duro, lo sé) para explicar cómo nos sentimos. Cuando en realidad, lo que nos sucede en el día a día es sólo la forma en que la vida nos recuerda todo el trabajo pendiente que tenemos que hacer con nosotros mismos… Cuando no hacemos caso a las punzadas en el pecho que nos recuerdan que no estamos siendo coherentes con lo que sentimos o posponemos nuestras ilusiones eternamente, el cuerpo nos recuerda que no estamos actuando a conciencia.

No podemos pasar cinco días dormidos, muertos, sin vivir ni habitar nuestras emociones para no darnos cuenta de que estamos ahí, en una vida que no nos hace sentir vivos…

¿Y si morimos el lunes? Aún más irónico, ¿Y si morimos el jueves por la tarde o no vemos salir el sol el esperado viernes que tanto nos libera de presión?

No podemos sacrificarnos y sufrir esperando algo mejor porque cuando llega estamos tan destrozados por dentro que ni lo notamos… Cuántas personas en vacaciones se pasan una semana enfermos, liberando estrés y pierden esos días de estar felices y relajados… No podemos resignarnos a vivir solo las vacaciones y los fines de semana… Y volver de ellas para contar los días que faltan hasta el primer puente o la Navidad…

Sergio Fernández dice en su libro “Vivir con abundancia” que nada nos haga infelices ahora nos puede hacer felices en el futuro. Sin embargo, insistimos en sacrificarnos el  99 por ciento del tiempo para ser felices el 1 por ciento. Y luego, estamos tan desgastados y agotados que sólo con que ese día llueva o algo salga como no queremos nos sentimos muy desgraciados…

Y todo porque no confiamos lo suficiente en nosotros como para creer que seremos capaces de construir una vida que nos haga sentir útiles y nos permita poner nuestro talento a trabajar. Todo porque no nos atrevemos a imaginar que es posible salir adelante con nuestras ganas y nuestras ideas.

Porque no nos conocemos y sabemos lo mucho que podemos aportar al mundo. Y cómo convertir eso en un negocio rentable que nos haga sentir satisfechos.

A veces, es tan complicado y tan fácil como trazar un plan de acción y empezar a trabajar mentalmente para convertirnos en la persona que soñamos. Y serlo desde ahora mismo, en nuestro trabajo actual, sin esperar a un mañana que no llega. Ser excelente en los detalles, dignos de la personas que realmente somos…  Darle la vuelta y pensar cómo cada cosa que hacemos nos puede ayudar a crecer y aprender para propiciar el cambio que queremos en nuestra vida… Pensar cómo cambiar pequeñas cosas para aportar más o romper rutinas…

Ya lo sé, la frase “la actitud lo cambia todo” está muy usada, pero sigue siendo cierta… El caso es que la otra opción, la de esperar a un viernes que parece que no llega, para pasar el fin de semana angustiado pensando lo corto que es tampoco nos lleva a nada nuevo ni extraordinario…

No podemos pasarnos la vida culpando al jefe (que tal vez no sea el mejor jefe del mundo), a la circunstancias y delegar la responsabilidad que tenemos en nuestras vidas… No podemos quejarnos eternamente de que nuestra existencia nos es cómo soñamos o que no se nos dan las oportunidades que necesitamos y no se nos reconocen méritos. Las quejas sólo nos sirven para ahondar en la sensación de impotencia y rabia y no gestionar esas emociones y superarlas. Quejándonos sólo hacemos que regodearnos en el lodo y asumir un papel secundario en nuestra vida esperando que algo o alguien le de un vuelco… Y es verdad, a veces pasa, pero nos tiene que encontrar con las ganas puestas. Y por si no pasa, tenemos que ponernos manos a la obra y sustituir la lista de lamentos por la lista de objetivos. El calendario de fiestas laborales por el calendario de pequeños logros en nuestro plan… Las ganas de que sea viernes por las ganas de vivir cada momento sea como sea y exprimirle lo bueno.

Porque de todo el plan que traces para cambiar tu vida, lo más importante es la actitud. Esa será la herramienta imprescindible para seguir adelante cuando no todo sea como tienes previsto y cometas los errores necesarios para crecer… Las ganas serán las que te permitan dar siempre un paso más… Lo que te permitirá aspirar a lo máximo y al mismo tiempo valorar lo que tienes y agradecer cada día lo que te rodea.

Eso es la motivación de verdad, confiar en ti y saber qué clase de vida quieres y qué deseas dejar atrás. Aunque para eso, hay que conectarse a uno mismo y escuchar lo que te dice el cuerpo y lo que sientes… Y la verdad es que nos pasamos mucha vida desconectados para soportar seguir en una piel que no nos hace felices…

¿Sabes una cosa? a veces, el solo hecho de trazar tu plan ya te libera de angustia y de esa sensación de no estar haciendo nada para cambiar… Ya te permite notar que llevas las riendas de tu vida y empezar a vivir en un mundo de posibilidades que dependen de ti porque las estás construyendo tú.

A veces, el éxito es sencillamente no quedarse quieto y asumir el riesgo que salir de ti mismo, aunque sea un poco.

A veces, por no hacer, ni siquiera aceptamos la situación ni nos damos cuenta de qué implica. Nos limitamos  llevarla sin querer sentirla ni analizarla… Lo vamos dejando y un día la rutina contra la que no hacemos nada, está tan enorme y cargada de frustración y angustia que nos agarra por el cuello y nos deja sin aire…

Tal vez eso pase un lunes o un martes. Tal vez un sábado por la mañana soleado y maravilloso, antes del café con tostadas, mientras piensas que serías muy feliz si no estuvieras tan agotado y sientes un run run en la cabeza que te dice que algo no va bien…

Los lunes también pueden ser maravillosos… ¿Imaginas una vida en la que sientes algo como “por fin ya es lunes” porque tienes cosas geniales que hacer y has vivido un fin de semana fantástico y feliz sin preocuparte porque el lunes vuelves a una rutina que te va matando?

 

 

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